La crisis económica y sanitaria camufla las
consecuencias del Brexit en el Reino Unido
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Varios
camiones, en el puerto de Dover el 31 de diciembre.JUSTIN TALLIS
/ AFP
Los principales efectos de la salida
de la UE comenzarán a notarse a medida que avance el año
En la tarde del
miércoles, los periodistas del Reino Unido recibieron un correo electrónico de
Downing Street con épica empaquetada. Tres párrafos atribuibles a Boris Johnson
en los que el primer ministro británico celebraba la anhelada culminación del
Brexit. “El destino de este gran país se encuentra ahora ya firmemente en
nuestras manos. Asumimos este deber con motivación, y con el interés de los
ciudadanos británicos siempre en nuestro corazón”.
El Gobierno de los euroescépticos que se hizo con las
riendas del país a finales de 2019 cuenta con una doble ventaja
pírrica. Aunque sea a corto plazo, el mensaje político de “misión cumplida”
siempre tiene cierta resonancia, al menos entre los convencidos y entre algunos
de los dudosos. Pero, sobre todo, nada oculta mejor una catástrofe que una
catástrofe mayor, El Reino Unido abandona 2020 en medio de un panorama
sombrío. La nueva cepa del coronavirus ha disparado el número de
infectados y de fallecidos. Tres cuartas partes de los
ciudadanos se encuentran sometidos a durísimas medidas de restricción y
distanciamiento social, y los restaurantes, bares, comercios y lugares de ocio
permanecen cerrados.
La gran pesadilla
de un Brexit duro, colas interminables de camiones en la frontera entre
Dover y Calais, ya se cumplió antes de tiempo. La decisión de
Francia de cerrar el Eurotúnel durante 48 horas a mediados de diciembre, para
evitar la llegada al continente de la nueva variante del virus, provocó que más
de 10.000 transportistas quedaran varados en el lado británico. El caos,
paradójicamente, tuvo un efecto homeopático. La imagen más temida por Downing
Street llegó antes incluso de que Londres y Bruselas cerraran finalmente un
acuerdo el pasado 24 de diciembre.
El tráfico
comercial va a disminuir en los primeros días del año debido a las vacaciones.
Muchas empresas retrasarán sus envíos a la espera de ver cómo se desarrollan
las primeras semanas de la nueva era. Y el propio Gobierno británico ya se ha
comprometido a relajar los controles aduaneros al menos durante seis meses,
para mantener un tráfico fluido. El nuevo papeleo, sin embargo, supondrá un
lastre y un coste extraordinario para el que muchas pequeñas empresas
exportadoras no están aún preparadas. La HM Revenue & Customs (la
Agencia Tributaria del Reino Unido) ha cifrado en la friolera de
casi 8.000 millones de euros el gasto suplementario que supondrá para la
industria rellenar declaraciones de aduanas y cumplimentar nuevas exigencias
como la demostración del cumplimiento de las reglas de origen de la mercancía.
Se calcula que
serán necesarios unos 50.000 agentes de aduana nuevos para tramitar el nuevo
caudal, y la mayoría aún no han sido contratados. “Se trata de la mayor
imposición de papeleo y burocracia a las empresas en los últimos 50 años”, ha
dicho a la BBC William Bain, asesor de Comercio Internacional del British
Retail Consortium (Asociación de Comercios Minoristas Británicos). “El momento
de máxima tensión no vendrá durante los primeros días o semanas de enero. Será
hacia finales de mes, cuando comiencen a emitirse órdenes y se realicen
entregas. Comprobaremos entonces si la logística prevista en Kent y en los
diferentes puertos funciona”, ha afirmado.
En medio de la
mayor crisis económica desde la Segunda Guerra Mundial, con un descenso del PIB
del Reino Unido de más de 11 puntos en 2021, la mayoría de ciudadanos contempla
el Brexit como un debate superado o como un bache más de un trayecto que se avecina
duro y complejo. Y, sin embargo, el gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew
Bailey, ya advirtió de que una salida desordenada de la UE provocaría mucho más
daño económico, a largo plazo, que la covid-19. Ha habido finalmente acuerdo,
pero las nuevas trabas resultarán difíciles de digerir. “Toma mucho más tiempo
para que lo que yo llamo el lado real de la economía se adapte a los cambios en
la apertura y en el perfil del comercio internacional”, matizaba Bailey.
Los mercados
financieros han respirado tranquilos al conocer la noticia de que Londres y
Bruselas sellaban finalmente un acuerdo comercial. Y los estrépitos económicos
tienen mucho más que ver con las sorpresas y el miedo que con las dificultades
a medio y largo plazo. El efecto sobre las personas será también un penoso gota
a gota, pero no un cataclismo. Más de cuatro millones de ciudadanos europeos
residentes en el Reino Unido han regularizado ya su situación. Han adquirido
los llamados Pre-Settlement y Settlement Status,
un permiso de residencia que preserva todos los derechos adquiridos como
ciudadanos de la UE: sanidad, educación y servicios sociales.
El problema lo
tendrán todos aquellos que, a partir de este 1 de enero, quieran viajar a la
isla para estudiar o trabajar. Ya no tendrán ventajas respecto a los
inmigrantes de otras zonas del mundo. La nueva Ley de Inmigración está basada
en un sistema de puntos y méritos profesionales y académicos, en el que las
empresas competirán por atraer talento. “Ya hemos acabado con la libertad de
movimiento, recuperado el control de nuestras fronteras y atendido las
prioridades de nuestros ciudadanos, con un sistema de puntos que reducirá las
cifras de inmigración”, proclamaba la ministra británica del Interior, Priti
Patel, una de las euroescépticas más furibundas del equipo de Johnson.
“Atraeremos de este modo a los mejores y más brillantes de todo el mundo,
impulsando nuestra economía y liberando el potencial que tiene este país”,
aseguraba Patel.
Es esa una
constante del discurso del Brexit. La “liberación del potencial” del Reino
Unido. Un ejercicio de voluntarismo que solo la nueva realidad demostrará si
era o no cierto. Nadie cuestiona, por ejemplo, la enorme ventaja comparativa
que tiene la City de Londres —el centro financiero de la capital— respecto a
otras ciudades europeas aspirantes a esa plaza, como París o Fráncfort. Empezando
por un entorno en inglés, que ha atraído a muchas empresas del otro lado del
Atlántico. Y siguiendo con las comodidades en servicios, escuelas o
entretenimiento de una ciudad diseñada para ricos. Londres es, junto a Nueva
York o Singapur, centro financiero mundial.
Pero el nuevo acuerdo comercial firmado con la UE ha dejado
fuera al sector servicios, que supone el 80% de la economía
británica. El Gobierno de Johnson se ha apresurado a recibir con los brazos
abiertos a las firmas financieras europeas, y les ha asegurado que podrán
seguir operando sin dificultad en su territorio. Bruselas no ha sido tan
rápida. Las llamadas “equivalencias”, que permiten a las empresas operar casi
en igualdad de condiciones con las del mercado receptor, todavía no se han
repartido, y la incertidumbre sigue ahí. Es cierto que no se ha producido el
éxodo de un cuarto de millón de trabajadores de la City que pronosticaron los
más agoreros. Apenas han sido 10.000. Pero no se ha valorado adecuadamente la
cualidad profesional de esos 10.000, y, sobre todo, no se ha podido comprobar
aún cuántos de los nuevos negocios escogerán EE UU o Asia antes que Europa ante
el nuevo panorama de complicaciones.
El Brexit no llega
en forma de cataclismo, pero son muchos los analistas que dicen que llegará en
forma de lento alud. Y todavía no ha llegado el momento de calcular, cuando el
Reino Unido comience a salir de la actual crisis económica, cuánta de esa
recuperación habría sido más rápida y abundante sin el lastre provocado por el
abandono de la mayor asociación comercial del mundo.